Hoy en día vivimos en un mundo exigente, constantemente tenemos que estar mostrando nuestra valía. En una sociedad competitiva y crítica es arriesgado mostrar debilidad. Así que tratamos de mostrar fortaleza, de no revelar vulnerabilidad para evitar ser heridos. Intentamos no fallar porque los mensajes que siempre escuchamos es que hay que triunfar.
Esta ficción de seguridad y perfección es insostenible e inhumana. Necesitamos espacios donde poder bajar la guardia y mostrarnos como somos: brillantes y sombríos, apasionados y abatidos, con capacidades y con defectos. Necesitamos espacios donde poder reírnos de nuestros propios miedos y compartir nuestras inquietudes y deseos, donde encontremos una aceptación incondicional y un cariño sincero.
EN DIOS, EN SU CORAZÓN, ENCONTRAMOS ESA ACOGIDA PRIMERA. El es el primero que nos abre los brazos y el corazón para descansar en él, acuna nuestros miedos y abraza nuestras inseguridades.
El Dios que se manifiesta en el Corazón de Jesús, es el que a todos los que se acercan a él les hace sentirse en casa. Es el que bendice nuestras vidas, mira benévolo nuestros sueños, acuna nuestras pesadillas y comparte nuestras lágrimas. En su casa todos tenemos la casa primera en la que siempre tenemos sitio, mesa y abrazo.
En esta fiesta del Sagrado Corazón este es mi deseo y mi petición: que la Iglesia, comunidades religiosas, cristianos, testigos del amor del Corazón de Jesús, seamos estos lugares de encuentro y acogida incondicional para todos los hijos e hijas de Dios.
Si se me permite expresar mi sueño: sueño con una Iglesia y con una “pequeña Sociedad” ( como gustaba llamarla a M. Sofía ) que sea cada vez más un lugar donde vivir la calidez y la acogida, la aceptación y el reposo, la alegría y el envío; que sea espacio de encuentro, hogar donde todo@s tengan cabida, casa, aceptación y ayuda.
La Sociedad del Sagrado Corazón nos reconocemos diferentes en sensibilidades y capacidades, en historia, en formas y miradas… pero esa es nuestra riqueza, si al tiempo estamos unidas en lo importante: la presencia de Dios en nosotras, de un Espíritu que nos alienta y nos sana, nos impulsa y nos llena. La escucha de una Palabra que habla de nuestras vidas y de nuestro mundo, y al mismo tiempo nos despierta y nos serena, nos llama y nos envía, nos tranquiliza y nos urge a extender por nuestro mundo una propuesta y un proyecto de fraternidad, lo que llamamos el Reino de Dios.
He aquí el reto: “llamadas a decubrir y manifestar su amor” (Const.4 ) Aprender a dejarnos querer cada día por Jesús, pero conscientes de que somos, sobre todo, cauces de un amor que está llamado a extenderse, especialmente hacia los más desamados, para hacer fértil la tierra, sanar las heridas y bendecir el mundo.
( Cfr. J.M.R.Olaizola, sj. “Contemplaciones de papel”, Ed. Sal terrae, Santander 2008 )
Feliz fiesta para tod@s, Teresa Romo, rscj