martes 8 de marzo de 2011

CUARESMA, TIEMPO DE REGRESAR

Defino la cuaresma como regresar porque lo que con más frecuencia hacemos es IRNOS. Me voy de Dios que es mi centro y mi raíz o me torturo con imágenes de Dios que me obligan a estirarme una y otra vez con la sensación de que no alcanzo y de que tengo que hacer no se qué para agradarle o para ser bueno. La Iglesia cíclicamente nos invita a regresar a nuestro centro, a preparar nuestra vida para la Pascua, que es la fiesta principal del cristiano. Celebramos QUE UN AMOR NOS SALVA.
No nos es fácil acoger este amor, dejarnos invadir y transformar por él. Hemos vivido una religión voluntarista y la prueba es la concepción de la cuaresma: saco y ceniza, ayunar, HACER MÉRITOS.

Borremos de nuestro corazón la convicción de que son nuestros méritos los que merecen una recompensa. ES SU GRACIA LA QUE NOS SALVA.

Una palabra clave es la CONFIANZA.

En medio del camino nos encontramos inevitablemente con los límites propios y ajenos que nos distorsionan el paso y nos empañan el horizonte. Enfrentarnos con la enfermedad, la ineficacia de la lucha, las relaciones que se rompen… nos paraliza. Esa experiencia de Dios que nos acepta como somos es el fundamento de nuestra aceptación. Permitirnos sentir el miedo, la tristeza, la ira, el dolor de las heridas pasadas, la impotencia para cambiar personas y situaciones… No tenemos nada que esconder. Somos amados como realmente somos. Sobre nuestros límites se posa la mirada de Dios. Al dejar a Dios entrar sentiremos que poderosos dinamismos de vida nacen dentro de nosotros. Algunos límites desaparecerán, con otros tendremos una relación de libertad.

A través de nuestra persona limitada pasa la gracia de Dios que siempre es más grande que nosotros.

LA PACIENCIA, la otra cara de la confianza

“Sé paciente con todo lo que aún no está resuelto en tu corazón” ( Rainer María Rilke )

Abunda la ansiedad de no tener aún lo que se busca y la inquietud que no parece tener fin. Es el tiempo de la urgencia y de lo instantáneo. Desgraciadamente hoy todos tenemos prisa y por eso nuestras obras – incluida la construcción de nosotros mismos – son tan efímeras. S. Fr. de Sales decía: “ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo mismo”.

Es imprescindible la paciencia en tiempos como los actuales y también de buena dosis de resistencia, contemplación y amor. Porque la paciencia es agua y abono para todo ello. Puede decirse que la paciencia hace la vida.

La paciencia se teje en la espera pero también es una virtud que se activa en el esfuerzo constante. La paciencia no garantiza que vayan mejor las cosas en el futuro pero mantiene la búsqueda y pone en marcha valores como la perseverancia y la fidelidad, la confianza, la resistencia, la contemplación y el amor.

El impaciente se ahoga en su inestabilidad. La paciencia está en la entraña misma de la ley de Dios que quiere que cada cosa se despliegue en libertad, con su tiempo y su espacio, sin que nadie se sienta amenazado. La paciencia es una mano tendida hacia Dios y hacia el otro. “La paciencia de Dios es vuestra salvación” ( 2 Pe. 3,15 ).

La paciencia no es resignación ni escepticismo sino RESISTENCIA.  Rosa Parks, la costurera negra de Alabama en 1955. Se negó a ceder a un blanco su asiento en el autobús. Rosa fue detenida y procesada. Pero resultó que el juez dijo que quien se había comportado ilegalmente no era Rosa sino la compañía de transportes al establecer un sistema de segregación racial inconstitucional. Esta sentencia fue el principio del fin de las normas racistas. Cambió la historia sin saberlo por la coherencia personal y la resistencia a la indignidad.
(Rosa Montero “huella en el mundo”, El pais semanal 19 Sep. 1999.) “Probablemente Rosa estaba demasiado cansada aquel día para levantarse. Probablemente venía reventada del trabajo y por una vez decidió no ceder a la humillación. Pero este acto honorable, en apariencia espontáneo, en realidad no se improvisa. Una tiene que saber construir una vida de dignidad interior, pese a las vilezas del entorno; tiene que mantenerse entera y responsable. Estoy segura que Rosa se ganó ese momento crucial Johnson: en realidad no hizo más que cumplir con su trabajo”
La vida interior, las opciones… no es fruto del azar ni de la imprevisión sino de un esfuerzo continuado que tiene también el nombre de paciencia. Por eso la cuaresma vuelve a nosotros año tras año para recordárnoslo.

Las parábolas nos recuerdan esta paciencia: La higuera (Lc. 13, 6-10 ), trigo y cizaña ( Mt.13, 24-30 )…
La paciencia tiene que ver con el arte de la creación: No podemos hacer que una planta crezca antes tirando de ella…. Pero se puede REGAR la historia todos los días y con paciencia: con amor – porque la paciencia es una cualidad del amor.

CONTEMPLAR es aprender a mirar la vida ( las heridas… ) como Dios la mira. Atreverse a imaginar lo que la realidad puede llegar a ser porque de alguna manera ya la han contemplado.

Ser pacientes es saber esperar el ritmo de las cosas, de aguantar la adversidad, de guardar en el corazón lo que aún no está resuelto, de no atropellar las pretensiones de los demás, de trabajar y confiar… Paciencia es aprender a esperar que Dios, misteriosamente, vaya dando su respuesta a pesar de nosotros mismos.

Lo que nos salva es el amor, la bondad, a pesar de nuestras torpezas y nuestras caídas. Tras la súbita “caída del caballo” de Pablo de Tarso, que cambia su vida, viene otra conversión, hija de la paciencia y la confianza, avanzando lentamente. Tras el gran cambio viene el seguir corriendo a ver si lo obtengo, olvidar lo que queda atrás y lanzarse a lo que está delante ( Fil. 3,12-14). Los dos pasos se plasman en “caerse del caballo” y “apearse de la burra”. Pocos caemos del caballo; todos, mil veces, de la burra.

“Caerse del caballo” es aparatoso y escultural. Apearse de la burra humilde y ridículo. La caída del caballo es puntual, apearse de la burra se diluye en lo cotidiano, puliendo, purificando. Se cae de la burra a empujones de vulgaridades y pobrezas humanas. Apearse, dice el diccionario, es “comprender o aceptar algo a lo que antes uno se oponía tercamente”, “reconocer errores y retractarse”, “claudicar de una actitud u opinión que se tenía por firme”. El que se convierte de veras recibe la gracia de ir comprendiendo lo que es oportuno cambiar en el pensar, en el hablar, en el actuar, “cayendo de la burra” día a día.

Ch. De Foucauld escribe en su diario en 1909:

“Mi apostolado debe ser el de la bondad. Viéndome tienen que poder pensar: si este hombre es tan bueno, su religión tiene que ser buena. Y si me preguntaran por qué soy afable y bueno les diría: porque soy el siervo de alguien mucho mejor que yo. ¡Si supieran lo bueno que es mi Señor Jesús!… Quien me diera ser lo bastante bueno para que pudiesen decir: “ si el siervo es así, ¡cómo será su maestro!”.

Feliz y fructuosa cuaresma 2011,

Teresa Romo, rscj

 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Teresa, muchísimas Gracias!
Dios nos mira en lo escondido de nuestro ser para hacernos crecer, nos construye lenta, pacientemente, sobre roca...
gracias por expresar lo que estoy viviendo
Buena cuaresma=volvernos hacia Dios que nos "labora" en lo secreto...
un abrazo desde Valladolid María

Pilar Cortina Lacambra dijo...

¡Gracias, Teresa!
Pilar C.